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Mi diario político -10-

3/11/26

Por

Asdrúbal A Romero M

El desprecio del conocimiento y un trágico accidente ferroviario

Lunes 2 de noviembre de 2026


El trágico accidente ferroviario ocurrido recientemente en Urda (provincia de Toledo, España) ha retrotraído mi mente a un recuerdo sobre el cual escribí en febrero de 2018 . Chávez, en plena cadena nacional, garabateaba sobre unos planos su flamante rediseño del sistema eléctrico nacional interconectado. Se encontraba rodeado de supuestos expertos que respaldaban con complacientes gestos hipócritas su «ignorante arrogancia».


En aquellos años llegué a convencerme de que Chávez nunca comprendió la complejidad de lo que debía gestionar como jefe de Estado y, lo que es aún más grave, de que subestimaba la necesidad misma de comprenderla. Cualquier presidente puede desconocer cómo funciona un sistema eléctrico interconectado —o las particularidades de una compleja red ferroviaria—, lo cual no constituye en sí un problema, pues para eso están los especialistas. El verdadero problema surge cuando quien gobierna tampoco considera necesario comprender el sistema, escuchar a los expertos o respetar los límites e imperativos técnicos que impone su funcionamiento.


Ya no estamos hablando simplemente de ignorancia, sino de una actitud de desprecio hacia la necesidad misma del conocimiento. ¿Cómo podría denominarse esta conducta? ChatGPT me sugiere la siguiente: «arrogancia epistemológica del poder». Me resulta la designación algo pomposa, pero acertada de cara a describir la adopción de una actitud de superioridad frente al conocimiento por parte de quien ejerce el poder político; como si tal condición le otorgara también autoridad para determinar qué es verdadero, qué es técnicamente viable y qué criterios deben ser priorizados en la gestión de sistemas complejos que requieren conocimientos especializados.


Este fenómeno puede vincularse a un cierto «populismo epistemológico» que siempre está presente en las experiencias de populismo revolucionario.   Consiste en trasladar al terreno del conocimiento la confrontación política entre dos actores: por un lado, el pueblo, considerado depositario de una verdad espontánea, auténtica e incontestable, y por el otro las élites profesionales, científicas y técnicas, presentadas como grupos que defienden intereses particulares y entraban la voluntad popular. De este enfrentamiento se derivan consecuencias muy concretas:


•La subordinación del conocimiento a la ideología revolucionaria.

•La sospecha hacia los profesionales formados en instituciones consideradas parte del orden anterior. El ingeniero que advierte de un riesgo se convierte en un obstáculo; el científico que contradice una decisión gubernamental pasa a ser sospechoso de deslealtad; el funcionario que aplica rigurosamente un protocolo técnico puede ser considerado burocrático o contrario al proyecto político.

•La sustitución de criterios de competencia por criterios de fidelidad política y, de hecho, esta última se convierte en un manto de protección para la incompetencia.

•El poder deja de reconocer que la realidad impone límites a sus decisiones y comienza a comportarse como si la realidad tuviera que someterse a su voluntad. Es el fenómeno del «voluntarismo político»:  basta con tener voluntad, decisión y determinación para superar obstáculos que, en realidad, obedecen a restricciones físicas, económicas, técnicas o institucionales. Es también la idea de que la voluntad transformadora puede resolver problemas que requieren conocimientos especializados. 


Todo lo señalado está demasiado visto por los venezolanos en su trágica experiencia con el régimen chavista. Al leer las denuncias publicadas sobre el accidente ferroviario y seguir las declaraciones de ingenieros con décadas de experiencia —varios de ellos involucrados en el diseño y construcción de la red AVE original en los años noventa—, la sensación de déjà vu es total. Aunque el Gobierno de Sánchez Castejón insista en imponer el relato del error humano como causa primordial, abundan las evidencias de que la soberbia y el populismo epistemológico son consustanciales a su modelo de gestión pública. Expongo a continuación las más determinantes: 


1.La politización de la dirección frente a la competencia técnica, particularmente en ADIF, la entidad pública encargada de administrar las infraestructuras ferroviarias y que ha sido objeto de intensa colonización política en su ámbito directivo.

2.La desinversión en mantenimiento.

3.La desatención a las advertencias de los operadores y especialistas.

4.La demora en sustituir un sistema de seguridad obsoleto, para lo cual la Comunidad Europea había otorgado recursos.

5.El alto nivel de insatisfacción laboral en el colectivo de maquinistas y controladores de vías.

6.El debilitamiento de los mecanismos de supervisión técnica. La Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria (AESF), organismo encargado de regular, supervisar e inspeccionar la seguridad del sistema ferroviario, lleva incumpliendo desde 2020 sus planes anuales de auditoría. 

7.La sustitución de la racionalidad técnica por la racionalidad comunicacional. El mantra al nivel más alto de la actual dirección es la prioridad del relato político, por encima de las razones científico-técnicas como lo denuncian muchos de los ingenieros que decidieron abandonar el barco.


Al actual gobierno español no se le puede endilgar la condición de ser revolucionario —muy a su pesar, porque si el contexto político se lo permitiera se autodeclararía de tal naturaleza a los efectos de enroscarse eternamente en el poder—; no obstante, se ha contagiado de manera grave y prolongada del virus populista. La consecuencia evidente es una degradación de la cultura técnica de las organizaciones responsables de gestionar sistemas complejos, lo cual es muy grave porque los sistemas tecnológicos no dejan de obedecer a sus propias leyes por el hecho de que quienes los administren las desconozcan, las subestimen o decidan ignorarlas. La realidad no necesita que el gobernante comprenda sus leyes para que estas sigan operando. Y posiblemente ahí reside la expresión más dramática de este fenómeno: el poder puede ignorar el conocimiento, pero no puede evitar las consecuencias de ignorarlo.


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