El Cerebro Ideológico
12/7/26
Por
Asdrúbal A Romero M
¿Hasta qué punto los sistemas ideológicos penetran en la arquitectura del cerebro humano?

A quienes por años hemos estado imbuidos en contextos políticos, nos puede lucir muy razonable que a los personajes en ese submundo se les pueda mapear sobre una línea contentiva de infinitos grises degradados entre sus dos extremos. En uno de ellos se ubican los más radicales en el apego dogmático hacia alguna ideología —puede ser de extrema derecha o de extrema izquierda—. En el extremo contrario, los políticos más abiertos a considerar otros esquemas y creencias cuando se les presentan argumentos de peso. Leor Zmigrod, una joven científica en el campo de la neuropolítica, publicó en el 2025 un interesantísimo libro en el que explora la conexión biológica entre la estructura del cerebro y la adopción de ideologías extremas.
En El cerebro ideológico —ya salió a venta la versión traducida al español de Editorial Paidós—, Zmigrod aborda la ideología no solo como un fenómeno sociológico, sino como un proceso neuropsicológico. A través de sus experimentos, ha demostrado que la rigidez cognitiva básica se correlaciona directamente con la rigidez con la que las personas se adhieren a dogmas políticos, nacionalistas o religiosos en la vida real. Su meteórica carrera le ha ganado su inclusión en la lista Forbes 30 Under 30 en la categoría de Ciencia. Ha recibido importantes galardones científicos de gran prestigio en su campo y sus investigaciones las ha realizado entre las universidades de Cambridge (UK), Harvard y Stanford.
Son varias las interrogantes fundamentales a las que el libro pretende darle respuesta. En algunas presenta argumentos bastante concluyentes, basados en los diversos estudios empíricos que se describen en el texto. En otras, los argumentos presentados apenas despuntan a novedosas líneas de investigación en las que habrá de continuar profundizándose. Un grupo de las cuestiones se relaciona con la vulnerabilidad y susceptibilidad del ser humano a los dogmas extremos. ¿Por qué ciertas personas se sienten más atraídas por el extremismo ideológico mientras que otras menos? ¿Se podrán identificar los rasgos neuro psicológicos que influyen para que un cerebro sea vulnerable al pensamiento dogmático en lugar de ser flexible y resiliente? ¿Existen rasgos cognitivos —visibles incluso en la infancia— que puedan predecir la susceptibilidad de un individuo a visiones del mundo extremas o autoritarias?
El acertijo universal de “El huevo y la Gallina”, sobre las relaciones de causalidad, se hace presente de manera transversal a lo largo de todo el libro. El reto, lo indica la autora, es descifrar si las características psicológicas del individuo determinan su relación con las ideologías o si el adoctrinamiento ideológico tiene un impacto transformador sobre su neurobiología. No olvidemos que cuando se accede al cerebro político, sea a través de pruebas psicológicas e incluso dispositivos de neuro imagenología, estamos obteniendo una toma instantánea correspondiente a un único instante en el tiempo. El análisis de las relaciones de causalidad que se cuestionan en el texto se corresponde con un problema de naturaleza dinámica —evoluciona a lo largo de toda la vida del ser humano—. La conclusión definitiva de Zmigrod es que las flechas de causalidad apuntan en ambos sentidos con rastreables lazos de permanente retroalimentación.
Es válido entonces preguntarse hasta qué punto los sistemas ideológicos penetran en la arquitectura del cerebro humano. ¿Es posible que la adhesión a ideologías dogmáticas altere fundamentalmente la conciencia humana y la naturaleza biológica de una persona? Ya lo dijo Hannah Arendt en uno de sus planteamientos más astutamente intuitivos: <<lo que las ideologías totalitarias persiguen no es la transformación de la sociedad exterior sino la transformación en sí misma de la naturaleza humana>>.
Retornando a la flecha de causalidad en sentido opuesto: ¿Cómo nuestras peculiaridades cognitivas y biológicas, adquiridas y/o heredadas, inciden para que tendamos a ser dogmáticos o “intelectualmente humildes”? Entendida la humildad intelectual como la disposición de una persona a revisar sus propias creencias cuando se enfrenta a evidencia creíble o a argumentos sólidos en contra —el dogmatismo tiene su gemelo angelical—. En el grupo de las adquiridas podemos, por ejemplo, señalar la idea implícita en el pensamiento de la psicóloga Else Frenkel-Brunswik de que, tal vez, los patrones de excesiva autoridad y obediencia estricta en el seno de la familia podrían hacer que algunos niños evolucionaran a adultos susceptibles a los autoritarismos políticos y religiosos.
Voy a concluir poniendo el acento en el grupo de las peculiaridades heredadas: ¿Existe el gen dogmático? Aunque así se titula el capítulo doce del libro —por mucho el más denso desde el punto de vista tecno científico—, en él se aclara que ninguna característica psicológica compleja está determinada por un solo gen. El patrón neuro biológico directamente correlacionado con la rigidez cognitiva, la cual a su vez está correlacionada también de manera directa con la rigidez ideológica como lo señalamos al principio, tiene que ver con el esquema de distribución de dopamina en el cerebro.
La condición biológica de este patrón neuronal lo hace susceptible de ser transmitido genéticamente. Las investigaciones de Zmigrod identificaron que las personas más rígidas cognitivamente suelen tener una predisposición genética específica en dos genes principales: el COMT y el DRD2. El perfil de mayor riesgo que ambos pueden producir ocurre cuando una persona combina en términos relativos: baja dopamina en la corteza prefrontal —encargada de la deliberación— y alta dopamina en el striatum, que es la región del cerebro medio donde residen los circuitos neuronales vinculados a los hábitos y las respuestas instintivas.
Expuesto lo anterior, es fundamental entender que esta predisposición genética no implica un determinismo absoluto. El entorno social y las experiencias vividas pueden activar, amortiguar o suprimir la expresión de estos genes —el factor epigenético—. El cerebro es maleable. Aunque alguien traiga desde su nacimiento una predisposición biológica a la rigidez, siempre podrá desarrollar flexibilidad cognitiva a través de la educación y el pensamiento crítico. De hecho la autora, tanto en su libro así como en videos youtube—por ejemplo: How to Keep Your Mind Open https://tinyurl.com/2e7zhshd —promueve diversas técnicas para incrementar nuestra flexibilidad intelectual y desapegarnos de conductas ideologizadas. Después de todo, las ideologías constituyen atajos peligrosos para satisfacer nuestro deseo de comprender al mundo.
Posts más recientes
