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Antropología del cerebro

Por

Dr. Nelson Acosta

Nelson Acosta nos habla sobre el "exocerebro": mirada original desde la perspectiva antropológica

Amigos, el tema que desarrollaré esta semana es distinto a los acostumbrados.

Su inclinación es de naturaleza teórica. No obstante, un buen lector puede extraer conclusiones políticas aplicables a las actuales circunstancias.

Espero, así sea.

Iniciaré, con esta afirmación.

La conciencia no se ubica exclusivamente en el cerebro, se encuentra, igualmente, en el entorno en que se desenvuelve el ser humano.

Punto de partida que se aparta, por así decirlo, de reduccionismos que pretenden acotar la variabilidad de la conducta humana exclusivamente a condicionamientos de naturaleza neuronal.

A tono con este principio, me desplazaré para explorar, brevemente, un tema un tanto de acceso relativo al público no especializado.

Me refiero a la “Antropología del Cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos”. Título de uno de los libros del reconocido antropólogo mexicano Roger Bartra.

Sus estudios han contribuido a desarrollar una línea de investigación que ha enriquecido el enfoque clásico (neuro científico) sobre este tema.

Este antropólogo ha elaborado una fascinante teoría sobre la conciencia. La ha denominado “exocerebro”.


¿Qué es el “exocerebro”?


Es una hipótesis sobre la conciencia. Postula que ésta no se encuentra únicamente en el cerebro, sino también en el entorno en que se ubica el ser humano.

Concepto, que en mi muy particular juicio ayuda a desentrañar, en la actualidad, ciertas conductas colectivas, sus “tercas” recurrencias así como las cómodas obediencias que suscita.

Me detendré y explicaré, brevemente, este término clave en la apuesta teórica desarrollada por este reconocido antropólogo mexicano.


Primero, una breve referencia a su persona.

Antropólogo UNAM; Doctor Honoris Causa UNAM; Doctorado Sorbona, París; Premio Nacional de Ciencias y Artes (2013).

Publicaciones recientes: El oficio de ser extranjero; Reflexiones sobre viajar; Ecos de Melancolía; El mito del hombre lobo.


Continuemos con el relato de las ideas de este reconocido intelectual e investigador:


“La conciencia no es fruto de alguna función del cerebro sino de su disfunción”.

Vaya, explica esta peculiar idea comparando el cerebro con una máquina neumática: “Sí esta última se ve enfrente a un trabajo que es superior a sus fuerzas, el resultado es que se detiene”.

“En principio, lo mismo debería ocurrirle al cerebro humano, pero no es así. ¿Por qué?  Porque el hombre ha ideado prótesis que impiden que esto ocurra”.

Estas prótesis, son las redes sociales y culturales en las que se encuentra inmerso el ser humano.

Bartra las llama “prótesis culturales” y están compuestas básicamente por lenguajes y símbolos.


La hipótesis del “exocerebro” plantea que el cerebro es incapaz de crear conciencia por sí sólo


Deficiencia que vendría a ser compensada por las prótesis culturales presentes en el entorno.

La conciencia, entonces, sería la capacidad de conectar los procesos internos del cerebro con los circuitos externos ubicados en el entorno.

En síntesis, el “exocerebro” contribuye a “que seamos conscientes de ser conscientes”.


“Esta dimensión está formada por el habla, la música, la danza, las memorias artificiales y un enjambre de símbolos que codifican y clasifican las partes de un sistema cultural ya sea de parentesco o culinario, de vestido o construcción de vivienda, de juego o mobiliario. Son prótesis cognitivas mediante las cuales los circuitos cerebrales buscan completarse mediante toda clase de signos, señales y símbolos que suelen ir acompañados de ceremonias y rituales”.


Lo anterior es una apresurada presentación de la idea sobre la que se asienta la apuesta teórica de Roger Bartra.

De más está decir que su elaboración es mucho más compleja.

Bartra ha construido una teoría híbrida que logra escarbar desde la antropología adentrándose en la neurociencia y acumular información sobre el cerebro qué difícilmente pocos neuro científicos abarcan.

Un excelente ejemplo de la indagación multidisciplinar.


Un atrevimiento. ¿En los actuales momentos estamos conscientes de que estamos conscientes? ¿El enjambre de símbolos que constituyen nuestro “exocerebro” respaldaría esa conclusión?


Ojalá, la repuesta sea afirmativa.



Nota del editor del blog:


Después de nuestro más reciente post, “El Cerebro ideológico”, este aporte que nos ha hecho llegar el Dr. Nelson Acosta complementa alguna de las ideas que hemos compartido en este capítulo del blog cuya temática se enfoca en neurociencia.


Como lo señala uno de mis autores de cabecera (Joan Carles Mëlich): Como seres finitos y contingentes, cuando arribamos a este mundo “heredamos una lógica, una gramática (tradiciones, mitos, ritos, hábitos, costumbres, identidades…) que contiene una trama categorial (conceptual, ontológica, normativa y formativa) donante y, al mismo tiempo, excluyente de significado”. ¿Qué tipo de conciencia podríamos desarrollar si no tuviésemos la oportunidad de heredar alguna gramática?


Esta interrogante me invoca una imagen extrema. La de un bebé al cual se le destina a recibir sólo una gramática mínima que le permita su sobrevivencia. Encerrado, aislado toda su vida, sólo alimentándose, ¿cómo evolucionaría su conciencia? Y en paralelo, desde el punto de vista neuro fisiológico: ¿Cómo sería el desarrollo de sus redes neuronales?


El impacto fundamental que nuestro entorno familiar, social y cultural va a tener en el desarrollo de nuestra conciencia, le confiere piso lógico a la idea de asimilar todo ese ámbito gramatical a un “exocerebro” contentivo de “prótesis culturales” que nos ayudarán a vencer nuestros desafíos como seres humanos. Este es el aporte original que, desde una perspectiva antropológica, nos brinda el mejicano Roger Bartra.


Ese “exocerebro” va progresivamente absorbiéndose en la construcción de la magnífica red asociativa neuronal que llevamos sobre nuestros hombros, pero siempre existirá allí afuera un “exocerebro” pendiente por ser absorbido conforme a la dinámica de nuestras vivencias.


Opino, en otro orden de ideas, que este enfoque de Bartra es complementario y no es parte de la controversia sobre la relación mente-cerebro que se ha venido profundizando con los avances neurocientíficos. Al dualismo cartesiano se le enfrenta la corriente monista —elimina por completo la sustancia inmaterial de Descartes— y reduccionista —por cuanto sostiene que los fenómenos complejos de la conciencia pueden, en última instancia, explicarse por completo mediante las interacciones eléctricas y químicas que se establecen a nivel de los circuitos neuronales—.


La resolución del “duro problema de la conciencia” no se ha concretado, pero en la medida que un nutrido grupo de neurocientíficos ha invadido los predios reservados a los filósofos, la corriente naturalista de la neurofilosofía —monista y reduccionista— ha crecido ostensiblemente en adeptos. Así como buen agnóstico no tomo parte en debates de índole religioso, he optado por esperar hallazgos científicos más concluyentes. Mientras tanto, la propuesta de Bartra sobre el “exocerebro” bien puede cohabitar en ambas esquinas del cuadrilátero.





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