Sobre el elogio al fracaso
16/7/25
Por
Asdrúbal A Romero M
¿Puede el tan desacreditado fracaso generar beneficios en nuestra vida y en la sociedad?

Hace ya algunas semanas el siguiente mensaje en X de un reconocido tuitero venezolano: “El chavismo es el culpable, pero el país es culpable del chavismo”, sintonizó, perfectamente, con una convicción que ha crecido en mi conciencia. Somos los ciudadanos de un país fallido y todo el proceso que nos ha hundido en tan indeseado estadio, plasma la historia de un estruendoso fracaso colectivo de todos nosotros como connacionales. Ésta es una idea muy controversial que pocos admiten como verdad para sí mismos. Con un “he concurrido a todas las actividades convocadas por la Oposición”, muchos compatriotas pretenden despachar, en modo olímpico, cualquier cuota parte de corresponsabilidad que se les pueda endilgar a cuenta del fracaso colectivo. ¡No es tan sencillo! -así lo expresé en reposteo comentado al provocador tuit que ha motivado el presente texto-. Sin embargo, no me enfrascaré en controversial argumentación al respecto. Opto, más bien, por abocarme a desarrollar una idea inspirada por la lectura coincidente en el tiempo de un sorprendente libro. El asumir y abrazarnos a la sensación de fracaso colectivo puede aportarnos una perspectiva desde la cual, conseguir la vía para reorganizarnos, delinear los correctivos necesarios para que la historia no se repita y, en resumidas cuentas, conseguir el acertado punto de partida para el nuevo viaje de autorrealización colectiva que el destino parece imponernos.
En este mundo actual en el que prevalece una hiperadoración al éxito, sorprende quien reivindica el valor del fracaso en nuestras vidas. Es el caso del pensador americano de origen rumano, Costica Bradatan, de quien se acaba de publicar traducido al español su ensayo: Elogio del fracaso-título original: In praise of failure-. En su mensaje central nos traslada que el fracaso real y doloroso, una contingencia inherente a nuestra finitud y vulnerabilidad como seres humanos, es no sólo un medio inmejorable de tener una vida y una sociedad mejores, sino nuestra única salvación como especie. Vale la pena entrarle a fondo a las páginas de su libro a fin de tratar de decodificar la radicalidad de esa anterior afirmación.
Por supuesto, es necesario clarificar de qué habla el autor cuando habla de fracaso, porque este es un concepto muy complejo de definir. Bradatan apela a la etimología: “éxito” en inglés, success, proviene del latín succedere, lo que refiere a algo secuencial, a que tras un hecho llega otro. Por tanto, el fracaso sería interrumpir esta cadena, que el logro de un estado o evento positivo no lleve a otro. Es lo que se experimenta como una desconexión, interrupción o malestar en el curso de nuestra interacción con el mundo y los demás, cuando algo deja de ser, funcionar o suceder como se esperaba y, por ende, nuestras expectativas no pueden ser cumplidas.
En el libro se habla de cuatro tipos fundamentales de fracaso -en algunos casos, considero más aplicable en español el término de falla-: En primer término, el físico. Arranca el prólogo con una experiencia de este tipo. Vamos en un avión, uno de los motores se ha prendido en fuego y el segundo tampoco luce de manera promisoria, ninguna vivencia tan iluminadora como ésta sobre nuestra condición de seres vulnerables y finitos. Al final, el piloto logra un aterrizaje de emergencia. Una vez nos hemos recompuesto, comienza nuestro aprendizaje. De alguna manera, esa sensación de fracaso o falla, nos ha llevado a tomar conciencia de lo demasiado cerca que estamos de la Nada, ¡nos ha humillado! Cuestión ésta que es muy importante, según Bradatan: un fracaso para ser real debe proyectarnos hasta un estado de humildad.
El fracaso físico está relacionado con el mundo que nos rodea, la técnica y las máquinas, con eventos o fallas incontrolables que nos afectan. Luego, viene el fracaso político. Aunque también pudiera argumentarse que es debido a factores externos, nos interpela más porque todos somos ciudadanos y, por ende, es inesquivable nuestro rol como agentes políticos. Así nos declaremos como apolíticos, o nos neguemos a votar. Nuestra responsabilidad es ineludible. Ahora se entenderá mejor la razón por la cual el tuit del Prof. Del Bufalo logró resonancia con la lectura que estaba adelantando en ese momento.
La historia nos muestra la fragilidad de la democracia, que es “rara y efímera”, y cómo la búsqueda de una “sociedad perfecta” o una “revolución mesiánica” a menudo conduce a la devastación. Las dictaduras, los sistemas totalitarios, la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler, e incluso la Revolución Francesa son ejemplos de este tipo de fracaso. Y quienes lo han sufrido, han sentido la humillación. Y nosotros, los venezolanos, todos, deberíamos sentirnos humillados. Sólo desde esta perspectiva, podremos percibir nuestra existencia colectiva con nuevos ojos y combatir la arrogancia que surge de una “imagen de nosotros mismos demasiado grandiosa” -el síndrome del umbilicus mundi-.
Concluyendo con la tipología de los fracasos -según Bradatan-: el tercer tipo de fracaso, más cercano que el político, es el social, el cual “tiene que ver con cómo nos perciben los demás y con el precio a pagar por involucrarnos o no en las demandas socioeconómicas y en el estilo de vida considerado habitual en nuestra época y lugar”. Por último, el más rotundo fracaso, el mayor testimonio de nuestra finitud y el más íntimo, es el biológico, es decir, el fallo del cuerpo, o sea, la muerte. Cada uno de ellos es tratado extensivamente en sendos capítulos del libro.
Ahora bien, retornando al contexto del capítulo sobre el fracaso político, que en definitiva fue el agente resonador con el mensaje tuitero sobre nuestra culpa colectiva en el fracaso VENEZUELA, el autor llega a decirnos que una “fuerte sensación colectiva de humildad” es necesaria para que la democracia emerja y sea sostenible. De hecho, postula como una novel definición de democracia: “el ejercicio social y político de la modestia”. En lo personal, creo que enfrentarnos a la experiencia del fracaso colectivo con un enfoque de “respeto desinteresado por la realidad” -Iris Murdoch define de esta manera la humildad- nos plantea un desafío esencial.
Sólo abrazándonos a esta forma de comprender y de ver el mundo, distanciándonos de nuestros intereses personales, nos permitirá acceder a la verdad de nuestra desnuda y auténtica realidad. Sólo así podremos romper el velo de autoengaños, auto ilusiones, huidas hacia adelante y mecanismos de autodefensa que nos impiden visualizar y valorar, en su real dimensión, toda la compleja sistémica que nos ha catapultado hacia el profundo pozo en el que nos seguimos hundiendo. Este es el mejor punto de partida para el anhelado viaje de progreso y transformación al que todos aspiramos para nuestra querida patria.
Posts más recientes
