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¿Nuevo Orden Mundial?

31/12/25

Por

Asdrúbal A Romero M

El augurio de muchos este fin de 2025 es el de un nuevo orden mundial. ¿Realidad estable o exageración?

Ya nos hemos acostumbrado a que en esta época final de año, los diversos medios sinteticen resúmenes del ciclo anual que está por morir, lo mejor y lo peor, etc., y también publiquen sesudos artículos sobre las tendencias que marcarán el futuro con sus respectivos pronósticos. En este 2025, he tomado nota de un cierto consenso, al menos entre los medios europeos, sobre un inexorable cambio en el orden mundial provocado por la irrupción en la geopolítica mundial de Donald Trump. Un presidente de los Estados Unidos que no pocos han calificado de impredecible, pero que, después de la publicación por la Casa Blanca del documento Estrategia de Seguridad Nacional 2025, las iniciativas táctico- estratégicas que viene anunciando -y algunas ya acometiendo- evidencian la existencia de una cosmovisión trumpista que aporta un cierto sustrato ideológico a la articulación de todas ellas.


En primer término es menester decir que dicho documento fue recibido en Europa como “una puñalada por la espalda”. «Si las tendencias actuales continúan, el continente será irreconocible en 20 años o menos. Por lo tanto, no es nada evidente si ciertos países europeos tendrán economías y ejércitos lo suficientemente fuertes como para seguir siendo aliados fiables». De este fragmento de texto, extraído literalmente del documento, se puede inferir que desde la administración Trump, ya no se percibe a la alianza USA- Europa como ese entendimiento cuya continuidad debe seguir dándose por sentado en el tiempo, sobre la base de reconocer a dicha alianza como la emblemática entidad responsable de resguardar los valores de la civilización occidental.


Además del declive económico europeo, en el documento se señalan factores como el creciente multiculturalismo, impulsado por erradas políticas migratorias y la significativa caída en las tasas de natalidad de la mayoría de los países miembros de la Unión Europea (UE), que contribuirá a que el continente vaya perdiendo su carácter “occidental” como consecuencia de un “borrado civilizatorio”: «Es más que posible que, como máximo en unas décadas, algunos miembros de la OTAN pasen a tener una mayoría no europea. Por lo tanto, es incierto si percibirán su lugar en el mundo, o su alianza con Estados Unidos, de la misma manera que quienes firmaron la Carta de la OTAN».


Se ha recordado estos días que en la Convención Nacional Republicana de 2020, Trump fue presentado como el “guardaespaldas de la civilización occidental”, pero su visión sobre el deber ser de ella dista mucho de la del liderazgo liberal progresista de la UE. Trump interconecta tres conceptos fundamentales: la raza, el cristianismo y el nacionalismo. Estos componentes configuran lo que se denomina el “nacionalismo civilizatorio”, un modelo que rompe con la visión liberal tradicional de Occidente y sobre el cual: coinciden connotados expertos al señalar que constituye el trasfondo profundo de la estrategia de seguridad nacional de Trump. Al respecto, opina el reconocido columnista en temas internacionales Thomas L Friedman: <<le interesa librar una guerra de civilizaciones sobre qué constituye el hogar estadounidense y qué el hogar europeo, con énfasis en la raza y la fe judeocristiana, y quién es un aliado en esa guerra y quién no>>.


Este choque de civilizaciones del siglo XXI supera y redefine el planteamiento original de Samuel P. Huntington de mediados de los 90, porque ahora el conflicto no es solo entre bloques externos -Occidente versus China o el Islam-, sino que también contiene un escenario de conflicto interno por la identidad misma de Occidente. Esta confrontación principista contribuye a explicar el que Trump apoye a todos los líderes iliberales, euroescépticos, patriotas nacionalistas, partidarios de redimensionar la funcionalidad de la UE a niveles mínimos o, incluso, acabar con ella.   Expuesto lo anterior de la manera más resumida que hemos podido, no puede extrañar a nadie que el liderazgo europeo se sienta atacado por Trump y que desee, con indisimulado fervor, hacerle contrapeso a su manejo del tema ucraniano. En este contexto, yo me pregunto si los think tanks y medios internacionales no estarán excediéndose, al presentar como un hecho que de la implantación del documento trumpista derivará en verdad un nuevo orden mundial.


Mi duda sobre si no se estará incurriendo en una exageración, proviene de no considerar el documento publicado como representativo de una política del Estado Norteamericano sobre sus relaciones con el resto del Mundo. En los tiempos de la democracia madura de los Estados Unidos, no tan antiguos, un documento de tal envergadura e implicación sería dado a conocer después de haber logrado un consenso a nivel de la Comisión de Asuntos Exteriores -House Committee on Foreign Affairs- de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. Esta muy deseable condición le conferiría confiabilidad y una cierta consistencia en su dinámica de concreción en el tiempo. Pero lo que está ocurriendo contrasta en buena medida con ese acuerdo deseable, del cual se generen políticas y estrategias caracterizadas por la estabilidad de sus premisas. Hablamos entonces de un documento sobre seguridad nacional no consensuado en los principios que le animan. Quizás, dentro de tres años, en un fin de curso calendario como el actual, podríamos estar leyendo muchos artículos sobre un regreso a los consensos históricos que alejaría al liderazgo europeo de las ascuas de este final de 2025.


¿Existe esta segunda posibilidad? Las elecciones de medio período, en los Estados Unidos, constituirán un termómetro y me atrevo a predecir que el estilo irreflexivo, un tanto caótico y avasallador de Trump le puede deparar un “estate quieto” de dimensiones no desestimable por él y sus colaboradores. Vivimos tiempos en los que a los políticos populistas les va mejor con sus inseparables anexos de excesiva polarización y la sempiterna búsqueda del triunfo de los relatos propios, aun a expensas del negacionismo evidente de lo verdadero. Ganar el relato a como dé lugar se ha endiosado y lo que otrora identificáramos como centro político se ha venido vaciando de manera progresiva.


La política que más se practica se ha trasladado hacia los extremos -incluso la de varios líderes europeos-. ¿Cuál es la consecuencia que podemos prever de esta nueva realidad política?   Un escenario de inestabilidad oscilatoria. Dentro de tres años, así como se podría estar hablando de un retorno a un cauce más apacible y de sereno encuentro entre el pasado reciente y la inevitable adaptación a las nuevas tendencias -el escenario que señalé antes a manera de cápsula auto tranquilizadora-, también, podríamos encontrarnos en el análisis de un giro radical hacia el extremo antípoda. Es lo más probable sino se reconduce la moda vigente de hacer política “exitosa” pero cortoplacista. En este escenario, leeremos artículos de fin de año disertando sobre un nuevo orden mundial radicalmente distinto al que ahora inspira la cosmovisión impulsada por el golfista de Mar-a-lago. Las pulsaciones del planeta parecen inclinarse hacia ese peligroso escenario. ¡Movernos entre vaivenes del desacuerdo! ¡De un nuevo desorden mundial a otro! Oscilaciones crecientes hasta…





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