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Desenlace en Barajas

16/6/23

Por

Asdrúbal A Romero M

Versión revisada de un cuento publicado en 2006


Se encontraban ya en la cola de la inmigración: él, su circunstancial compañera de viaje, el italiano ordinariote y la joven morena que le fungía de pareja. Hasta Madrid llegaba su viaje, no el de ella que continuaba hacia Venecia. Inexorablemente, se dirigían hacia una abrupta e indeseada despedida. Apenas unas horas antes se habían conocido, ¡en el mismo avión! Eran tan pocas que no hallaba explicación al sentirse tan encariñado con esa chica, ni a esa sensación de dolor que le producía el tener que resignarse a interrumpir lo que apenas había comenzado. Era como si ella, fugazmente, se le hubiese cruzado en el tránsito de su destino para concederle sólo una inesperada dosis  de emoción y alegría a su vida.


Recordó cuando entró al avión. Cada vez que sus ojos se posaban en las etiquetas identificadoras de los puestos, éstas se encargaban de decirle que fuera más atrás, al fondo, ... a la última hilera, allí donde una ventanilla le esperaba con una chica morena sentada al lado. Le solicitó permiso para pasar, a secas, sin que mediara alguna cortés fórmula de acompañamiento en su pedimento (no era de los que se dedican a confraternizar con sus compañeros de vuelo, ni siquiera en los transoceánicos). Casi inmediatamente, se dejó absorber por el libro del momento: “Solitaria solidaria”. Le encantaba leer sobre tiempos y espacios que también habían sido suyos. ¿Por qué no? Hasta él mismo podría haber sido ser uno de los personajes de esa novela, que transcurría cuando la chica de al lado ni siquiera había nacido. Definitivamente, parecía hiperquinética, se levantaba a cada rato para hablar con otra como ella, más feúcha, más mala pinta, que andaba con un viejo italiano dispuesto a beberse todos los vinos del mundo y que hablaba como para que todo el mundo le escuchara, le viera que andaba con dos carajitas. De su vecinita, no podía decir que fuera bonita: muy delgada,  de facciones interesantes, de un moreno aceitunado. En fin, con un look que la asemejaba a esas top models latinoamericanas que han emergido en la onda del “reconocimiento a la belleza multiétnica”. A él, habiendo visto tantas chicas hermosas en su propio país, no le producía ni frío ni calor, pero tenía que reconocerlo: la vecinita había sido agraciada con ese estilo de belleza que tanto estaba arrebatando a los europeos. Después se lo dijo, cuando comenzaron a confraternizar, que iba a volver locos a los italianos. Pero, ¿cómo fue que llegaron a ese nivel en la conversa? La chica iba y venía, se le hizo evidente que buscaba llamar su atención. ¿Para qué la de un hombre mayor como él? Quizás porque calzaba en ese tipo de personas que, constantemente, requieren de otros para que las diviertan. No obstante, él seguía prefiriendo leer sobre las angustias de Zulay Montero y Lenora Armundeloy, los personajes de su novela.


Providencialmente, un elemento catalizador entró en escena. Ocurrió cuando la aeromoza les entregó los audífonos para escuchar la película. Ella le preguntó el nombre. “Realmente amor”, le respondió la atenta azafata. Y él, que hasta ese momento se había restringido a cortas frases de cortesía a cuenta del almuerzo que habían compartido -casi que en comunidad, tanto como las circunstancias de un vuelo de esa naturaleza se lo imponen a unos vecinos que no se conocen-, se abalanzó a hablarle sobre la película. Le había encantado cuando la vio, la volvería a ver y le insistía a ella que no fuera a dejar de verla. Y ella, toda sorprendida, le decía con alegría que sí, que la iban a ver juntos.


Comenzaron las aventuras del joven primer ministro británico, personificado por Hugh Grant, y la pasante más joven aun, una versión tipo “cenicienta” del affaire de la Lewinsky. La del escritor que descubre, en plena luna de miel, que su bella esposa le monta los cuernos con su hermano y entonces se va al campo en modo solitario a reencontrarse con sus propias palabras y conoce a la joven portuguesita que le sirve como asistenta doméstica. ¡Qué chica! ¡De dónde pudieron haber sacado a esa otra estupenda representación de la belleza multiétnica! ¿Otra? Ya como que comenzaba a ver a su acompañante con otros ojos. Él disfrutaba explicándole para que ella no perdiera interés, porque la película arrancaba en su inicio muchas historias en paralelo con muy diversos personajes. Le indicó que, por esa razón, podría decirse que “Realmente Amor” encajaba dentro del estilo de las películas tipo coral, pero que ya apreciaría la inteligencia con la que aquel coro de historias de amor se iría entretejiendo con maestría hacia la escena final. Cuando ésta llegó, una hermosa multiplicidad de imágenes hizo resonar el mensaje central de la película. ¡Es el amor lo único que realmente importa! Coincidiendo con el emotivo final, la magia del romance había descendido sobre aquel avión a diez mil metros de altura.


Subida la pantalla, sobrevino entonces una chispeante conversación. Supo que su edad era veintinueve años y no pudo evitar decirse para sus adentros el popular refrán: “vaca chiquita siempre luce como novilla”. Supo que tenía un marido, que era dueño de varios establecimientos comerciales que ella atendía, que estaban peleados y que, a causa de ello, se dirigía ella a Venecia a visitar una tía. Rieron, bebieron vino, le derramó una copa sobre su chaqueta, en un determinado momento le llegó a preguntar: ¿Qué sería de ella si saliera de aquel avión contagiada con el espíritu de la película? Risas y más risas que acicateaban la mirada reprobatoria de la señora que tenían al lado, pasillo de por medio. Ésta y su esposo también vivían en Valencia, su ciudad de residencia; se le habían presentado en reconocimiento de la alta investidura que había ostentado y, por los apellidos, él supuso que se trataba de una de las parejas de mayor alcurnia en la ciudad. Le preocupaba lo que pudieran pensar sobre los aleteos de tan irreverente coqueteo, aunque a decir verdad: no mucho. Su joven compañera terminó durmiéndosele sobre sus hombros, mientras él tomaba plena conciencia de su súbita vulnerabilidad.


De repente, las horas se habían transformado en cuartas partes de sí mismas, el final del vuelo había arribado con todos sus avisos y advertencias y se encontraban ya en la cola para la presentación ante la policía de inmigración. Sentía un dolor en el pecho, como hacía mucho no lo sentía. Encontraba risible que eso le estuviera ocurriendo. A ella también la percibía triste. Le correspondió pasar primero; ¡cómo le habría gustado acompañarla! pero no se lo habrían permitido dado que no eran pareja. En cuanto ella se presentó a la cabina de ventanas transparentes habitada por un policía de ceño muy adusto, otro tipo, de rostro muy aguileño, se dirigió con celeridad hacia la cabina, abrió la puerta y entró en ella. De inmediato comenzó a dirigir la interrogación de la chica, estaba vestido de civil pero, obviamente, debía ser policía. Estaba como a veinte metros de distancia de donde el dialogo se desarrollaba, pero podía presentir el tono con el que aquel tipo le hablaba a la pobre chica. La intuyó muy asustada. En esa circunstancia recordó que, ya viviendo en Madrid, una ex empleada suya le había llamado, suplicándole que hablara con el embajador Salazar porque a su joven hijo la policía de Barajas le tenía retenido ya para tres días. Hizo las gestiones,  pero en el aeropuerto de Barajas nunca admitieron que tal cosa hubiese ocurrido. ¡Claro, no era legal! Los ciudadanos venezolanos, en viaje de turista, solo necesitaban el pasaporte y la presentación del ticket de regreso para entrar a España. No conocía de ninguna cláusula legal que abriera la posibilidad de algún tipo de discriminación por edad, sin embargo, la leyenda difundida por los jóvenes venezolanos que lograban entrar viajando solos, era de maltratos, interrogatorios, retenciones más allá de lo permitido. Los funcionarios del Consulado se lo habían reconocido, pero con cierta indiferencia expresaban la imposibilidad de hacer algo efectivo al respecto. Esa denuncia, cuya importancia para él ya había sido erosionada por el tiempo, la estaba sufriendo en cuerpo presente su chica. Vio como la conducían hacia otra área, quizás, pensó, el temible cuarto de interrogatorios.


Le correspondió su turno.

-¿Adónde llevan a la chica?

-Eso a usted no le importa -le contestó con sequedad el policía-.


Podía darse el lujo de contestarle con un “porque me da la gana”, de asumir la representación de tal o cual organización de venezolanos en España que protestaba el maltrato a sus jóvenes. De haberlo hecho, seguro estaba que en definitiva contaría con el apoyo del embajador Salazar. Pero no lo hizo. Enmudeció cobardemente. Entregó el pasaporte y salió.


La estuvo esperando en el área de equipaje con el italiano y su pareja. Éste no se cansaba de jactarse ante ella sobre lo que le hubiese ocurrido de no haber venido con él. ¿Cuántas humillaciones no le costaría a la feúcha morenita el incidente de su amiga?  Al final decidieron continuar y manifestaron cierta sorna cuando les dijo que se quedaría un rato más esperando. ¿A cuenta de qué? -se dirían-, pero a él no le importaba lo que pudieran pensar. Su actitud le sirvió para saber que ella no venía con ellos. Fue en ese momento cuando la cabeza comenzó a darle vueltas: ¿Y si todo lo que ella le había dicho fuese pura falsedad? Lo de una tía venezolana en Venecia le sonaba muy extraño, pero antes no le había parecido de esa manera. Estaba dentro de las posibilidades que fuera una mula del narcotráfico y que la policía tuviera razón en detenerle. De ser así, había estado a punto de involucrarse en un lío bastante feo. O quizás, no es que fuera una delincuente pero sí una joven de esas tantas que estaban huyendo del país, que salían a la aventura especulando sobre lo que pudieran pescar en ella. A lo mejor pensó que él le podría servir como pantalla de pareja en el pase por la inmigración, pero si había sido eso: ¿Por qué no le pidió que le acompañara? ¿Le habrían advertido sobre el escollo que tendría que enfrentar? Las interrogantes burbujeaban en su cerebro, pero sin obtener respuestas. Intuyó que ya no alcanzaría a tenerlas, mientras sentía la magia derretirse en chorrerones que le bajaban por sus sienes. Poco a poco se imponían la racionalidad, el conservadurismo en esa materia de un hombre como él, la desconfianza,..


Salió desolado hacia el área donde decenas de personas esperan a quienes llegan. Todas sus dudas podían corresponder a un perfil cierto de aquella chica, pero lo cierto era que todavía no le habían asaltado cuando el policía le respondió de la forma como lo hizo. Se sintió cobarde. No había sabido estar a la altura de un sentimiento puro, el suyo. ¡Qué podía importar que hubiere nacido de una malintencionada falsedad!


Nota del autor: Esta publicación es una versión revisada del original escrito en Maracaibo en noviembre de 2004. Aparece publicado en mi libro de cuentos "Recordando el porvenir" (2006) y en una antología de cuentos "Quince cuentan en sábado" publicada por la Universidad de Carabobo.



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