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Demasiado olor a Óscar: Los Fabelman

24/1/23

Por

Asdrúbal A Romero M

La Academia se rendirá de nuevo a sus pies. Grande, Stephen!

Los miembros de la Academia siempre han tenido el hábito de privilegiar las películas que le rinden homenaje al cine y su historia. El más reciente ejemplo lo tenemos en Mank, nominada para la 93º edición de los premios Óscars –año 2021-, una película protagonizada por Gary Oldman, personificando al legendario guionista Herman J. Mankiewic, que a pesar de referirse a unos intríngulis muy poco conocidos por el gran público sobre los primeros tiempos hollywoodenses y que no alcanzaban a interesar lo suficiente a la mayoría de la audiencia, llegó a sonar como la gran favorita para llevarse el premio. Al final, privó sobre ella, una de las obras maestras de los tiempos más recientes, Nomadland. Pero este año, sin haber visto todavía muchas de las películas que tienen el potencial de ser nominadas, preveo desde ya que la Academia se rendirá ante la más reciente película del maestro Stephen Spielberg: Los Fabelman.


En sus palabras de agradecimiento por haberle sido otorgado en los recientes Golden Globe Awards el premio a la mejor dirección por esta cinta que también resultó la ganadora como mejor drama del 2022, el mismo Spielberg confesó  que ya desde los tiempos en los que se encontraba filmando Munich (2005), había comenzado a pensar en la pertinencia de convertir en película ciertos episodios de su infancia, su adolescencia y juventud hasta el momento de su entrevista con otro legendario de la dirección cinematográfica, John Ford, justo cuando comenzaba su incursión en Hollywood. Sus excesivas ocupaciones le impidieron convertir su deseo en realidad, hasta que el confinamiento que todos padecimos por el COVID le ofreció la oportunidad de sentarse a escribir el guión  conjuntamente con Tony Kushner, uno de sus habituales colaboradores. No abrigo duda que ese largo diferimiento hasta los tiempos que corren, resultará muy positivo para la apreciación por este film, porque ahora, cuando Spielberg se aproxima hacia el final de su espléndida carrera en el mundo de la cinematografía, resulta ser el mejor momento para valorar emotivamente cómo comenzó su pasión por el cine y todo lo que vino después. Spielberg: quizás sea hoy el personaje más relevante de todo lo que significa Hollywood para el mundo.


La entrevista con Ford es relatada brevemente hacia el final de Los Fabelman, luego vendría la sucesión de las grandes películas dirigidas por él que han maravillado a millones y millones de seres humanos a lo largo y ancho de todo el Planeta. Su nueva obra pone la mirada en sus inicios como cineasta. En cierta forma es un auto biopic en el cual su personaje de ficción, Sammy Fabelman, le sirve para recrear sus memorias. En los primeros cuarenta y cinco minutos, el film se pasea a través de un escenario muy grato y edulcorado como las clásicas películas americanas para familias. Reconozco haberme preguntado, cuando la veía, si sus memorias resultarían lo suficientemente interesantes como para ser objeto de una película de Spielberg. Aunque si no lo eran, tampoco me habría importado. Al fin y al cabo, se trata de la vida de uno de mis grandes héroes. Recuerdo que cuando daba clases en la escuela de ingeniería eléctrica en la Universidad de Carabobo, solía decirles a mis alumnos que si llegase a tener otro hijo le bautizaría con el nombre de Stephen Kalman, en honor a mi director de cine preferido y al creador de la Teoría de Control por Variables de Estado y el famoso Filtro Kalman. Mis alumnos solían reírse y mirarme como si estuviese loco.


Pero Spielberg sabe bien que una buena película no puede ser “todo felicidad”.  El drama llega, es poderoso y lo hace a través de la cámara del aprendiz a cineasta que ya va buscando en la mirada a través de su instrumento de trabajo los detalles que a cualquiera se le escaparían. La película cambia de tono, comienza a revelarse como lo que al final resulta: un emotivo drama familiar en el que Spielberg desnuda sus memorias y las de sus padres –imagino que ya habrán pasado a mejor vida-. Por cierto su padre, personificado por un notable Paul Dano es un ingeniero electricista vinculado a los inicios del desarrollo de las computadoras (otro factor de coincidencia que tengo con mi admirado director). Pero son Michelle Williams, quien personifica a su madre y va a ser, seguramente, nominada por su excelente interpretación, conjuntamente con el joven Gabriel Labelle, quien asume la responsabilidad de interpretar de sobresaliente manera al adolescente Stephen, quienes llevan el peso de la historia.


Este cambio de tono me hizo recordar The Deer Hunter, otra ganadora de Óscar (1979). En sus primeros sesenta minutos esta cinta se aboca a retratar detalladamente una boda en un pequeño pueblo siderúrgico de Pensilvania que, después del jolgorio y la ruidosa algarabía, concluye en un madrugador episodio de caza de venados por parte del novio y sus amigos de toda la vida. Uno, como espectador, se pregunta, ya cuando los sesenta minutos se van haciendo largos, hacia dónde va desembocar todo aquello. Acto seguido, una escena con un helicóptero en Vietnam: los novios habían sido reclutados para la guerra. De allí en adelante, la película se convierte en uno de los más poderosos dramas bélicos que he visto en el cine. Termina erigiéndose en una mirada a profundidad de la forma en que la guerra puede impactar y perturbar la vida de seres humanos. Inolvidables las escenas de Christopher Walken, en el papel de un chico enloquecido por la guerra, que ya no le encuentra otro sentido a su vida que no sea el de jugarse la vida todas sus noches en una competencia de ruleta rusa que se celebraba en una especie de gallera vietnamita.


En Los Fabelman el drama es más interior. No es difícil imaginarse como va erosionando adentro la vida de sus personajes y cómo, en momentos hitos en el recorrido vivencial de cada uno de ellos, no queda más remedio que dejar que irrumpa como una erupción volcánica para equilibrarse con la realidad de sus sentimientos. Spielberg, con su maestría, también sabe conducir el drama para que no resulte excesivamente pesado pero que, al mismo tiempo, uno lo pueda calibrar en su perturbadora dimensión. Al final de la película, resulta ineluctable concluir que esa especial sensibilidad suya, en parte, es producto de esa historia de vida a la cual tenía que sobreponerse para no dejarse hundir en el desgarro. Tenía una luz que le atraía desde algún lugar de salvación: su pasión, egoísta como todas las pasiones, por el cine. Lo reitero: seguro estoy que la Academia se rendirá de nuevo a sus pies. Grande, Stephen!

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